Saltar al contenido principal

Reseñas de literatura japonesa

Reseñas de literatura japonesa

Reseña de «El relámpago» de Hayashi Fumiko (1903-1951) Ver más

Un grito femenino en la cultura del silencio.

Reseña de «El relámpago» de Hayashi Fumiko (1903-1951)

La era Taisho (1912-1926) fue, sin duda, un periodo convulso en la historia de Japón. Estamos ante un lapso entre guerras: concluidas los conflictos chino y ruso-japoneses, un gobierno expansionista se armaba de cara a la Segunda Guerra Mundial. En lo social, una ola de liberalismo constituyó el aumento de las desigualdades sociales. Y es en esta época en la que una joven Fumiko experimentaría los sinsabores de la miseria de una generación perdida.

Novelista, cuentista, ensayista, poeta; a Hayashi Fumiko se la considera una de las mayores escritoras no solo de su era, sino de la historia de la literatura japonesa. Tras la publicación de su obra capital, una autobiografía titulada Diario de una vagabunda (放浪記 Horoki) en 1930, y ya consolidada como escritora, escribe El relámpago (稲妻 Inazuma), novela que se publica por entregas en la revista Bungei entre enero y septiembre de 1936.

El relámpago es una historia de superación de una familia miserable, con foco en sus personajes femeninos. Es una historia dividida en dos voces narrativas: Mitsuko, que encarna valores tradicionales incompatibles con la proyección modernista a la que se dirige el país y Kyoko, su hermana menor, rebelde e inconformista, que sufrirá paradójicamente la censura de las costumbres tradicionales inherentes al país nipón.

Acompañan a nuestras protagonistas el resto de hermanos, Nuiko y Kasuke —hijos de distintos padres pero de la misma madre— además de un elenco de personajes inadaptados que pugnan por su supervivencia. Son todos personajes que, aun aceptando una realidad insoslayable en una sociedad en la que la armonía (Wa 和) debe respetarse, despunta el brillo de un relámpago que les mueve en una rebeldía silenciosa hacia adelante.

El relámpago es una obra de matices sutiles, de corte similar al naturalismo europeo, que se lee con avidez pero que destila emociones poderosas y pausadas.

Bibliografía.


Andrés Pérez Riobó, J., & San Emeterio Cabañes, G. (2020). Japón en su historia. De los primeros pobladores hasta la era Reiwa. Satori Ediciones.
Hayashi, F. (2013). Diario de una vagabunda. Satori Ediciones.
Hayashi, F. (2023). El relámpago. Satori Ediciones.
Rubio, C. (2021). Mil años de literatura femenina en Japón. Satori Ediciones.

Reseña de «La mujer de la arena» de Kōbō Abe (1924-1993) Ver más

Enarenados

Reseña de «La mujer de la arena» de Kōbō Abe  (1924-1993)

En la literatura japonesa del siglo XX, pocos autores resultan tan desconcertantes como Kōbō Abe (1924–1993). Fue contemporáneo de  autores de renombre como el ganador del Nobel Kenzaburō Ōe, Yasunari Kawabata o el afamado y universal Yukio Mishima. Sin embargo, su trayectoria narrativa camina por una senda solitaria, casi excéntrica, marcada por el extrañamiento, los ideales existencialistas y un estilo literario que le ha llevado a obtener la calificación de «el menos japonés de los escritores de su época». O al menos así lo define el experto en literatura japonesa Carlos Rubio López de la Llave, con quien he tenido el gusto de compartir más de media docena de seminarios. Y el profesor dice más: Kōbō Abe es un autor sin furusato, sin un sentido de pertenencia, cuyas ficciones nacen del desarraigo urbano y abordan temáticas universales como la alienación y la necesidad de reajuste del individuo frente a una sociedad que lo margina o lo entierra. El desinterés de Abe por lo establecido y su inclinación hacia lo inusual se refleja también en su trayectoria: fue novelista, dramaturgo, guionista, aficionado a la música y al teatro, y miembro del perseguido Partido Comunista Japonés, aunque más adelante se distanciaría de toda etiqueta ideológica.

Dentro de su producción La mujer de la arena suele considerarse como la novela más representativa de su esencia creativa. La premisa de la que parte la novela es muy sencilla: un profesor aficionado a los insectos se dirige a una zona costera durante sus vacaciones con la intención de descubrir una especie ignota; una hazaña que, de lograrla, le permitiría inmortalizar su nombre en los registros entomológicos. Sin embargo, sus planes se verán truncados cuando se tope con una aldea en medio de las dunas de la costa y sea invitado por unos inquietantes aldeanos a pasar la noche. El alojamiento es una casa humilde, ubicada en lo que parece ser un hoyo excavado en la arena, y regentada por una mujer de comportamiento enigmático. Y digo bien: «parece ser», ya que Abe escoge un lenguaje deliberadamente ambiguo para describir el asentamiento: adjetivos incompatibles, contrastes difíciles de imaginar y una mezcla desconcertante entre verbos descriptivos y valorativos. Todo ello dificulta que el lector logre trazar los contornos de una población cuyos edificios se erigen sobre un terreno mutable e inconsistente. Con esta estrategia, Abe logra que aquello que intentamos representar —las estructuras fijas que anhelamos construir en los primeros compases de la novela para introducirnos en ella— se desdibuje y se nos escape entre los dedos como si de un puñado de arena se tratase.

La desconcertante ambientación inicial nos permite sintonizar más fácilmente con el protagonista, igualmente turbado ante esta sociedad tan poco convencional. Pero pronto descubre la trampa: no puede salir. Su confusión se torna en irritación. En compañía de la misteriosa mujer que vive allí (parca en palabras pero no en acciones ni agasajos), nuestro personaje innominado tratará de escapar mientras reflexiona sobre numerosos temas: su situación actual, el mundo del que procede e incluso la naturaleza y composición de la arena, ese elemento que simboliza desde el paso del tiempo hasta la extinción de la vida misma. El absurdo de la existencia, la identidad, el aislamiento, la sociedad, el trabajo, el consentimiento, el deseo, la libertad o la resignación son asuntos que afloran en La mujer de la arena, ya sea a través de las divagaciones del protagonista o mediante los elementos que lo rodean.

La figura femenina que da título a la novela —砂の女 (Suna no onna), cuya traducción más precisa sería «Mujer de arena», con una preposición que indica procedencia y no composición— es tan desconcertante como la propia aldea. Su rutina, sin embargo, es predecible y justificada. Asimismo, el comportamiento que mantiene hacia el protagonista está codificado bajo las reglas sociales confucianas que dicta la sociedad… ¿Por qué entonces se nos antoja tan enigmática? Pienso que esta mujer es clave para que nuestro entomólogo aficionado (y nosotros con él) confronte ideales movilizados incluso por su ego ante el absurdo que todo ser social se niega a reconocer, en pos de nuestra preciada —y quizás ficticia— sensación de capacidad de elección y libertad.

La obra del escritor tokiota no busca complacernos sino más bien incomodarnos. Los elementos simbólicos que introduce son abundantes y provocan reflexión. Pero detenerse a pensar puede conducirnos a una desagradable sensación: la de no cumplir con nuestro objetivo principal, que no es otro que continuar la lectura hasta finalizarla. Pararse a reflexionar, por tanto, nos sumerge en la inacción. Y esta es peligrosa, ya lo sabemos. La falta de producción solo puede llevarnos a acabar enterrados. Desafiar las normas y lo comúnmente establecido nos conduce al mismo fin. Queridos lectores, no tenemos más remedio que continuar: la alienación es la única vía de escape. Solo si lo creen así —y no se detienen— lograrán concluir esta imprescindible obra de las letras niponas.