Por más que avance la tecnología, y aunque tengamos la impresión de que el universo digital nos libera del cuerpo y de sus necesidades, seguimos arraigados a la materia, igual que en el principio de los tiempos.
El ciudadano del siglo XXI, deslumbrado por los avances científicos, ha olvidado la dimensión mágica de la vida, la óptica mitológica y el instinto; ese extraordinario instrumental que proviene de la predisposición al hallazgo y de la mirada atenta, eso que Breton llamaba «lo sagrado laico». Este despliegue hacia otras interpretaciones de la realidad que nos rodea, que era habitual en nuestros ancestros y que hoy hemos perdido, será imprescindible cuando llegue el fin de mundo.
Ese día, el último superviviente, abriéndose paso en las tinieblas con su móvil inservible, llegará a la bóveda de Svalbard, a 1300 kilómetros del Polo Norte, y cogerá una semilla, ese prodigio tecnológico cuyos circuitos generan la vida. Y como hizo el primer agricultor, comenzará a sembrar la tierra inaugurando, de nuevo, la historia de la humanidad.
Jordi Soler (1963) nació en Veracruz y vive en Barcelona. Ha escrito diez novelas que se han traducido a varios idiomas. Publica artículos en diarios o revistas de las dos orillas (La Jornada, Reforma, El País, etc.).