«El autor de estos viajes, don Lemuel Gulliver, es un íntimo y viejo amigo mío; además tenemos algo de parientes por parte de madre. Hace unos tres años, el señor Gulliver, cansado de la multitud de gente curiosa que iba a verlo a su casa de Redriff, adquirió un pequeño terreno con una casa cómoda cerca de Newark, en el condado de Nottingham, su patria chica, donde ahora vive retirado, mas gozando de mucha estima entre sus vecinos.
Antes de salir de Redriff dejó en mis manos la custodia de los papeles que reproduzco a continuación, con autorización para disponer de ellos como me pareciera conveniente. Helos leído detenidamente tres veces. El estilo es claro y sencillo, y el único defecto que encuentro es que el autor, como todo buen viajero, abusa un poquito de los detalles
».
Son éstos los fantásticos viajes del cirujano y capitán de barco Lemuel Gulliver tras su naufragio en una isla perdida. Pronto descubrirá que sus habitantes son una sociedad de seres humanos de tan solo seis pulgadas de estatura, los engreídos y vanidosos liliputienses. En un segundo viaje, llegará a Brodbingnag, tierra poblada por hombres gigantes, de gran capacidad práctica, pero incapaces de pensamientos abstractos. Y, por último, irá a parar a la isla volante de Laputa, cuyos habitantes son científicos e intelectuales, obsesionados con su particular campo de investigación, pero totalmente ignorantes del resto de la realidad.
Jonathan Swift (Dublín, 1667?1745) cursó estudios en el Trinity College y se ordenó sacerdote anglicano en 1695 tras una fallida experiencia como diplomático profesional en Inglaterra. Aunque inicialmente se alineó ideológicamente con el partido liberal, sus importantes diferencias de criterio con sus compañeros de filas lo llevaron a militar en el partido tory (conservador), cuando éste logró el poder en Inglaterra en 1710. En 1713 fue nombrado deán en la catedral de San Patricio, en Dublín. Los años siguientes, hasta que perdiera sus facultades físicas y psíquicas en el último lustro de su vida, están marcados por un sentimiento de soledad y amargura personal cada vez mayor, en contraste con una fama literaria creciente y con una inmensa popularidad como defensor de la causa irlandesa. Su epitafio, escrito por él mismo, reza: «Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, déan de la catedral, en un lugar en que la ardiente indignación no puede ya lacerar su corazón. Ve, viajero, e intenta imitar a un hombre que fue un irreductible defensor de la libertad.»