No menos discutido que admirado, Antonio Hernández es en estos momentos uno de los grandes líricos españoles, consideración que han potenciado gente tan importante como Rafael Alberti, Luis Rosales, José Hierro, Rafael Montesinos, Claudio Rodríguez quien lo señaló como «indiscutible titular de la selección nacional de la poesía» o Manuel Mantero, que más cautamente lo ha distinguido como el mejor poeta gaditano vivo. «Con el desgarro de un Baudelaire, de un Rimbaud o de un Larra», según criterio de Florencio Martínez Ruiz (Antología de la poesía española), «ha sentido, por decirlo con palabras de Vicente Aleixandre, la embestida brutal de las aves celestes, y por eso su poesía es fascinante y contagiosa», opinión radical que ratifica la figura de Carlos Álvarez, quien lo propuso como el mejor poeta español surgido tras Claudio Rodríguez y Carlos Sahagún o la de su ex amigo Caballero Bonald según confesión propia, quien a la pregunta en el desaparecido Nuevo Diario sobre el nombre más significativo de las nuevas generaciones, excluida la de los novísimos, respondió que Antonio Hernández. Adscrito a la poesía del 60, no le faltan tampoco detractores dentro del grupo de la experiencia, de la que, sin embargo, y cada vez con más fuerza, parte de la crítica lo señala como su predecesor. Este libro excepcional, A palo seco, da la razón a unos y la respuesta a otros.
Antonio Hernández fue uno de los grandes nombres de la poesía española contemporánea, un autor cuya trayectoria abarcó más de cinco décadas de creación constante, rigurosa y profundamente humana. A través de la poesía, la novela y el ensayo, trazó un itinerario literario de excepcional coherencia y profundidad. Su obra, marcada por una voz lírica inconfundible, ha sido traducida al árabe, catalán, portugués, francés e italiano. Su poesía, heredera de la tradición andaluza y abierta a influencias universales, es al mismo tiempo canto y conciencia. Publicó diecisiete poemarios, entre los que destacan El mundo entero —Premio Rafael Alberti, 2000—, Viento variable, Sagrada forma —Premio Nacional de la Crítica, 1994, y Premio Gil de Biedma, 1994— y Nueva York después de muerto —Premio Nacional de Poesía, 2014, y Premio Nacional de la Crítica, 2013—. También fue condecorado con el Premio de las Letras Andaluzas (2012), la Medalla de Oro de Andalucía (2014), Premio Miguel Hernández (1982), Gran Premio del Centenario del Círculo de Bellas Artes (1980)... Su novela Sangrefría obtuvo el Premio Andalucía de Novela en 1994. En 1996, con Raigosa ha muerto. ¡Viva el Rey!, recibió el Premio Valencia de Literatura Alfons el Magnànim, otorgado por la Diputación de Valencia. En 2016 obtuvo el Premio Internacional de Novela Ciudad de Torremolinos con El tesoro de Juan Morales (Carpe Noctem). En 2020, el Ayuntamiento de Ávila le concedió el Premio Nacional de las Letras Teresa de Ávila, y en 2023 la Federación de Ateneos de Andalucía lo nombró Ateneísta de Honor. No menos destacada fue su labor como ensayista y pensador. Con una voz clara, apasionada y a menudo incómoda para los poderes establecidos, defendió siempre la dignidad de la poesía y el papel esencial de la cultura como herramienta de resistencia y transformación. Su discurso se mantuvo fiel a una ética del lenguaje y del pensamiento que impregnó cada uno de sus libros. Antonio Hernández falleció en Madrid el 7 de septiembre de 2024, dejando una obra esencial y una huella imborrable en su generación.