Popularizado en la Costa Oeste de Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, el skateboard se fue distanciando poco a poco del surf y de la cultura playera de los que surgió para crear su propio universo. El skateboard, demasiado «contracultural» para ser considerado un deporte (aunque se ha convertido en una disciplina olímpica), demasiado físico y peligroso para ser visto como un simple juego, tomado demasiado en serio por una amplia comunidad para ser un mero pasatiempo, con una economía y una influencia demasiado grandes para ser solo un juguete, se ha consolidado realmente como una forma de arte.
Se ha dado rienda suelta a una creatividad desbordante en todos los temas posibles, originando un universo gráfico versátil que alberga a multitud de artistas y skaters aficionados o profesionales que se han convertido en superestrellas. A través de 1.000 monopatines emblemáticos, este libro muestra las mejores creaciones del skate al tiempo que revisita su historia, para revelar toda la riqueza de una cultura en perpetuo movimiento.
Vivo en Los Ángeles, tengo 45 años y una larga vida de skate a mis espaldas. He pasado los últimos treinta años escribiendo para la revista Skateboarder y después para Transworld Skateboarding, y paso más tiempo encima de mi tabla que nunca. En Francia tengo montones de cajas llenas de viejos monopatines apiladas en el sótano de mis padres y, en Los Ángeles, armarios repletos de tablas y recuerdos en cada rincón de mi piso. He conocido a casi todos mis viejos amigos gracias al skate. Ya no cuento las fracturas que he tenido; mientras escribo este libro, me estoy recuperando de una rotura de muñeca y de un esguince de rodilla. He patinado con casi todos los héroes de mi infancia. He practicado en los terrenos más míticos de todo el mundo. Y aún no estoy satisfecho. El monopatín que mi padre me regaló en 1986 trastocó mi vida por completo. Junto con el nacimiento de mis hijos y mi boda, ese día fue uno de los más importantes de mi vida.