“Satin Island”, de Tom McCarthy

    Retratar una época como ésta, la nuestra, tan caleidoscópica y contradictoria, tan fugaz y aglutinante, se presenta una tarea solo apta para locos y dementes. Bien, Tom McCarthy es la persona adecuada para ello. No pretendo decir que “retratar una época” fuera la intención del autor, tan solo que, como lector, mi experiencia ha sido esa: la de tener, en unas pocos cientos de páginas, el fruto de miles de años de civilización condensados en un presente, en un ahora, arbitrario, móvil, que cambia las reglas, los orígenes, las pautas, a cada instante. Un presente que se reinventa a sí mismo ad aeternum.
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  “Satin Island” está construida inteligentemente alrededor de la figura de U (U=you=tú), un antropólogo corporativo, es decir, un antropólogo contratado por una gran empresa para unos fines muy determinados. No es algo propio de la ciencia ficción: el 50% de los antropólogos que se graduan terminan trabajando para multinacionales. ¿Qué hacen allí? Interpretan la realidad que les rodea, estudian los hábitos y costumbres de las personas, sus miedos y esperanzas… algo esencial para estudiar, asimismo, los hábitos de consumo de los clientes, las tendencias de los mercados… etc. Las personas son usuarios, sus emociones y reacciones hacen ganar o perder dinero, luego hay que entender desde sus procesos más íntimos hasta los comportamientos más gregarios o tribales.
     Pero una cosa es analizar la vida de una tribu ancestral superviviente en el Amazonas y otra entender qué pasa por la cabeza de un comprador compulsivo en Amazon. El antropólogo sufre de una especie de jet lag crónico: siempre entiende lo que sucede cuando ya ha sucedido, nunca cuando está sucediendo. U, el protagonista, plantea la idea de una Antropología en Presente, como una forma de solventar El Gran Informe, el trabajo que se le ha asignado por la Megacorporación que le ha contratado: un documento etnográfico integral que resuma nuestra época. Parece una tarea imposible, y poco a poco, adentrándonos en sus páginas, iremos entendiendo por qué: el volumen de información a procesar es tal que no hay forma de codificarlo, ni expresar resultados satisfactorios. La información puede escribirse o leerse: McCarthy plantea la idea de que hemos dejado de ser escritores o lectores de nuestra propia realidad, tan solo meros náufragos a la deriva en un inmenso mar de datos, justo como un vertido de petróleo en el océano, devastador e incontrolable.
   Las referencias a Kafka son ineludibles, y esto no es gratuito, más bien indicador de que nos encontramos ante una obra que zarandea los pilares de nuestra realidad, y nos hace vislumbrar, apenas por un instante, cuál es nuestro lugar en el mundo.
    Y esta es una tarea que solo puede conseguir la literatura con mayúsculas.
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    Mención especial merece la labor de la editorial malagueña Pálido Fuego, que no solo nos ha recuperado a unos de los mejores escritores contemporáneos, el inglés Tom McCarthy (el que ya me deslumbrara con su primera novela publicada en Lengua de Trapo, “Residuos”, y del que no se volvió a publicar nada en español… ni “C” ni “Men in space”… atención, hablamos del finalista del Man Booker Prize 2015) sino que se enfrentó a la titánica labor de publicar La casa de hojas” de Mark Z. Danielewski (en colaboración con Alpha Decay, que va ya por la 7ª edición), la recomendabilísima primera novela de David Foster Wallace (“La escoba del sistema”), o a auténticos pesos pesados de la literatura norteamericana como William T. Vollmann (“Historias del arcoiris”), o Robert Coover (“La hoguera pública”, “Pinocho en Venecia”), entre otros.
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     Esperamos que el empuje de Pálido Fuego no cese y sigan llenando las mesas de novedades de precisamente aquellas ausencias que la devastadora programación de ciertas editoriales nos ofrecen.
PD1: Pálido fuego publicará “Men in space” en 2017, y, si el mundo no se acaba antes, “C” lo hará en 2018.
            Emilio Lanzas

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“La salvación de lo bello”, de Byung-Chul Han

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Las redes sociales han reducido el sentido crítico del usuario a la simplicidad del sistema binario: ceros y unos. Algo te gusta o no te gusta, es bonito o no es bonito. Los detalles, los grises, los puntos intermedios menguan en beneficio de una orgía de estadísticas. Lo importante no es lo que digas o expreses, lo importante es que sea cuantificable, que sea “expresable” en números: mil doscientos me gusta, trescientos tres veces compartidos, quinientos doce comentarios.
La belleza no ha salido inmune de tal fábrica inconsciente de productos, convirtiéndose en un mero paisaje de anuncio, un primer plano de un chica bonita, una playa de agua turquesa y palmera combada. El sentido clásico de la belleza, por lo tanto, se ha perdido para convertirse apenas en un mero refugio de nostálgicos: hablamos de la terrible belleza de los griegos, del renacimiento, del romanticismo… aquellos que la relacionaban tanto con la divinidad como con el signo del diablo.

“Una noche, senté a la belleza entre mis piernas. Y la encontré amarga. Y la injurié.” Arthur Rimbaud.

Una tormenta, símbolo eterno de terrible belleza, capaz de sobrecogernos y embelesarnos por igual… a través de esta experiencia multisensorial somos capaces de trascender,  separarnos de nuestro yo, para entender que formamos parte de algo mucho más grande, mucho más importante que nuestros caprichosos estados de ánimo.
De igual modo, una pintura de Francis Bacon o una obra de György Ligeti es capaz de arrancarnos de nuestra propia realidad coercitiva para arrastrarnos a un nuevo nivel, una nueva percepción de la vida y de la muerte.

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Byung-Chul Han disecciona en este libro el uso y la concepción de la belleza en la historia de la humanidad, haciendo especial hincapié en el siglo XXI, tomado por las nuevas tecnologías, las cuales han configurado de manera distinta todas las concepciones del arte: música, pintura, literatura… Todo está a nuestro alcance, luego ya toda comprensión es imposible, todo está más perdido que nunca.

Si bien otros libros, como el  recomendable “De lo bello y lo siniestro” de Eugenio Trías, habían sido capaces de desenredar la importancia de lo bello en nuestras vidas, el libro del alemán de origen coreano lo actualiza en frases de una contundencia poco común, en muchos casos aforismos brutales que nos devuelven el hálito de un Cioran en plena forma:

“En el primer plano del rostro se difumina por completo el trasfondo. Conduce a una pérdida del mundo. La estética del primer plano refleja una sociedad que se ha convertido ella misma en una sociedad del primer plano. El rostro da la impresión de haber quedado atrapado en sí mismo, volviéndose autorreferencial. Ya no es un rostro que contenga mundo, es decir, ya no es expresivo. El selfie es, exactamente, este rostro vacío e inexpresivo. La adicción al selfie remite al vacío interior del yo. 

Hoy, el yo es muy pobre en cuanto a formas de expresión estables con las que pudiera identificarse y que le otorgaran una identidad firme. Hoy nada tiene consistencia. Esta inconsistencia repercute también en el yo, desestabilizándolo y volviéndolo inseguro. Precisamente esta inseguridad, este miedo por sí mismo, conduce a la adicción al selfie, a una marcha en vacío del yo, que nunca encuentra sosiego. En vista del vacío interior, el sujeto del selfie trata en vano de producirse a sí mismo. El selfie es el sí mismo en formas vacías. Estas reproducen el vacío. Lo que genera la adicción al selfie no es un autoenamoramiento o una vanidad narcisistas, sino un vacío interior.”

 

Emilio Lanzas

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“Noctuario”, de Thomas Ligotti

Cualquiera puede comprobar que el género de terror ha experimentado en las últimas décadas un auge insólito. Si bien recuerdo, a finales de los 80 solo autores como Stephen King o Dean R. Koontz eran conocidos por el gran público, y, pese a tratarse sus obras de auténticos best-sellers, gran parte de la culpa de su popularidad se debía a las numerosas adaptaciones cinematográficas de sus obras. Más allá de eso, autores como Lovecraft o Poe eran muy minoritarios, el género gótico era prácticamente marginal y el género zombi  apenas tenía eco en la literatura de este país. Todavía poseo un ejemplar de “El libro de los muertos”, de la extinta Ultramar, editado en 1989, un magnífica antología  que reunía a diversos autores norteamericanos, en parte desconocidos, alrededor de la figura de los devoradores de cerebros … relatos descarnados y no aptos para todos los públicos, un libro verdaderamente peligroso en forma y fondo,  en cuyo prólogo, redactado por George Romero, se trazaban, ya por entonces, interesantes lecturas sobre el género: no existía mucha diferencia entre una horda de zombis y una horda de compradores compulsivos a la puerta de un centro comercial en un “black Friday”… Los lectores de terror en este país eran pocos pero militantes, las ediciones de Alianza de Lovecraft pasaban de mano en mano, cuando no había que tirar de biblioteca… Uno tenía la sensación de que, cuanto más amarillentas las páginas, cuanto más ajado el libro, cuanto más manoseado, más momentos de terrorífico placer esperarían entre sus pastas.

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Ahora vivimos una escena diferente. El éxito de directores como Tim Burton, fenómenos como la universalización de la fiesta de Halloween o de movimientos como el mal llamado “frikismo”  han ayudado a que las nuevas generaciones hayan crecido rodeados de iconos del género, produciéndose cierta “normalización”, cierta “mcdonalización”… aunque esto no se haya traducido en un aumento exponencial del número de lectores. En efecto: ninguno de ellos ha leído “Frankestein” ni “Drácula” pero todos saben quién es Sally, de “Pesadilla antes de Navidad”. Se trata pues de una infantilización del género, potenciada aún más tras el éxito de las novelas de “Crepúsculo” y la larga estela de copias posteriores, fundamentadas en vampiros que no beben sangre y hombres-lobo que comen de tu mano. La explosión de las novelas erótica-romántica-sobrenatural es harina de otra costal a la que nos dedicaremos en otra ocasión.

Pero no estamos aquí para hacer una disección light del género, sino más bien para hablar de la editorial Valdemar y, más específicamente, de uno de sus últimos lanzamientos: “Noctuario”, de Thomas Ligotti.

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Ligotti bebe directamente de la misma línea endogámica-enfermiza que propulsó el genio de Providence: soledad, aislamiento, repulsión…  El llamado “horror cósmico” es, en cambio, sustituido por algo que han llegado a denominar como “terror filosófico”. Thomas Ligotti, pese a haber nacido en Detroit, fundamenta sus influencias en autores como Kafka, Bernhard, Nabokov, Borges o Conrad, y esto se traduce en un estilo depurado muy centroeuropeo, más amante de viejas callejuelas de piedra, enredaderas, pozos, jardines y largas frases que de coches poseídos,  móviles sin saldo y chats monosilábicos. No hay truco o trato, no hay “están todos muertos”, no hay giro imprevisto en el último párrafo, la prosa de Ligotti seduce por lo sugerente de sus implicaciones, por la horrible belleza que se esconde detrás de cada personaje tortuoso, empujados por una noción inefable de “fatalismo”…  Lo inevitable, a la vez que imposible, es la melodía que recorre de lado a lado todos los relatos de esta sublime edición de Valdemar. El nihilismo de Ligotti es militante, también su pesimismo acerca de la raza humana ( tema sobre el que se volcaría en otra de sus obras)… esto le convierte en un autor no apto para todos los públicos, pero también tremendamente necesario en esta escena de productos comerciales encorsetados, donde hay que asustar con los mismos referentes, y bajo las mismas siglas, y desde una misma perspectiva… En el momento en que el terror se vuelve predecible y deja de asombrar se convierte en otra cosa: puro y aletargado entretenimiento de segundo nivel.

Valdemar nos propone, como siempre, algo mejor, probablemente menos fácil, menos digerible, pero mucho más estimulante.

Para terminar, anotar que la primera vez que vi el nombre de Ligotti escrito fue hace unos cuantos años cuando escuché “I have a special plan for this world” del inclasificable David Tibet, de Current 93, amigo y colaborador. Dios los cría, ellos se juntan. Por entonces solo estaba editado “La fábrica de pesadillas” en la tristemente desaparecida editorial La fábrica de Ideas y, por un motivo o por otro, su lectura se me escapó en su época (ahora solo se puede conseguir de segunda mano).

Recomendar, por último, todo el catálogo de Valdemar, editorial que si fuera a una isla desierta y solo pudiese elegir una… (ya sabéis), y esta entrevista en Jot Down, donde los editores se muestran tan lúcidos, divertidos e irreverentes como siempre.

Larga vida a Valdemar.

Emilio Lanzas

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“Sobre Shunkin” de Tanizaki Junichiro

No puede uno dejar de sentir cierta dosis de pudor al escribir sobre un libro como éste. Intentar describirlo con las propias palabras es como empeñarse en mostrar la belleza de una seda de finos estampados, con unas manos torpes y sucias que van manchando y arruinando el material a medida que lo despliegan.
Decía el premio Nobel Kawabata Yasunari:
 
Sobre Shunkin es una obra maestra imposible de describir con palabras y ante la cual solo podemos dejar escapar suspiros de admiración.”
Con la intención de animar a la necesaria lectura de este magnífico libro, en especial a quienes sienten alguna atracción o interés por la cultura japonesa, únicamente me atrevo a compartir algunas de las reflexiones que lectura me ha suscitado.
Uno de los más populares y reconocidos emblemas de la belleza en Japón es su flor predilecta: la Sakura, la flor del cerezo. La espléndida floración de esta frágil flor se percibe como una metáfora de la vida misma: maravillosa y efímera. Quizás, las constantes inclemencias de la naturaleza en aquellas islas, asoladas tan a menudo por tifones, terremotos y tsunamis, hayan acentuado esa percepción de la propia fragilidad que ha quedado impresa en su visión del mundo y la Naturaleza en su forma dual: terrible y maravillosa.
Es así que, tanto en las manifestaciones artísticas como en las cotidianas búsquedas del placer estético, se procura la expresión de esta compleja belleza en la que la sombra es constitutiva de la luz, el dolor del goce, como la mortalidad lo es de la vida. Como dice el propio Tanizaki, el artista “(…) por mucho que su talento fuera natural, no habiendo conocido la dureza y la amargura de la vida, sería difícil que consiguiera comprender la esencia del arte.” Nos equivocaríamos, sin embargo, si creyéramos que hay escisión en esta concepción del arte. Al contrario, el arte japonés persigue la armonía en el claroscuro integrador, legado del budismo. En Sobre Shunkin resulta sobrecogedora la exquisita sutileza del texto que fluye como “el murmullo de un torrente montañoso” en contraste con el tremendo dramatismo de su fuerza argumental.
Detalle del monumento a Shunkin en el distrito Doshomachi de Osaka.
Leer Sobre Shunkin es como contemplar un karesansui con sus pequeños campos de grava blanca en los que se colocan cuidadosamente rocas oscuras: el ideal estético Yohaku no bi, la belleza está en el espacio vacío. Porque en Sobre Shunkin es tan importante lo que se dice como lo que se calla, y son los silencios los que intensifican esa tensión dramática que no deja de crecer hasta el desenlace.
 Decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco que “La forma del placer es perfecta en todo momento” y añadía que el placer, a diferencia del movimiento, no se despliega en un espacio de tiempo, es más bien “algo entero y completo en cada instante”. El tiempo de la lectura de Sobre Shunkin, siguiendo en términos de la Grecia clásica, no tiene lugar en el kronos, sino en el kairós: no es una sucesión sino una oportunidad. El tiempo parece haberse detenido y uno consigue experimentar ese placer sublimado por la calamidad, un disfrute necesariamente efímero que deseamos vivir intensamente hasta el más mínimo detalle. Porque conocemos que inevitablemente el fin se acerca, a medida que pasamos las páginas de Sobre Shunkin.
 

Federico Lang

 
 
Sobre Shunkin de Tanizaki Junichiro
Ed. Satori

Ficha del libro

 

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“Roma”, de Ugo Cornia

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En Roma no encontraremos estampas bucólicas del barrio del Trastevere. Dicho esto, aclarar que tampoco veremos, ni por asomo, la sombra de un fiero gladiador, ni el gesto amenazante de un mafioso vestido de Armani, ni mucho menos un piloto de Ferrari rodeado de guapas modelos.

Roma trata de Cornia, un post-adolescente que, a finales de los años 90,  cambia su Módena natal (hablamos de provincias) por la caótica capital de Italia, en busca del primer atisbo de trabajo serio y continuado (a los 33 años…).

Pero los recorridos que Ugo nos propone no son tanto turísticos-ambientales como interiores… más bien epidérmicos.  Ya en Roma Cornia  acepta a regañadientes el pacto que le ofrece la llamada “vida adulta”,  pero sigue optando por perder el tiempo todo lo posible callejeando sin rumbo, fumando sin parar, buscando atardeceres y sonrisas anónimas de chicas guapas en el autobús. De este modo nos revela sus desvelos y alegrías con una inocencia y vitalidad que desarma en algunos momentos… y puede llegar a irritar ligeramente en otros.

Un ejemplo:

 “(…) y le decía asimismo que, pese a ser una cosa de nada, beber un café en la oscuridad, de noche, en las estaciones de autoservicio de Aglio o de Roncobilaccio, empezando por las posturas que te da por poner, para mí siempre ha sido algo bonito de verdad, porque primero pago mi ticket, pero luego, mientras me apoyo en el mostrador del autoservicio siento como si asumiera una postura admirable, con el codo apoyado en el mostrador mientras remuevo la taza de café, que debe de ser una postura física que a lo mejor he admirado sin saberlo siquiera durante la formación de mi carácter, pero mientras asumo la postura de bebedor de café del autoservicio, justo en ese mismo instante, asumo también toda una dimensión de placer, vaga pero típica, en la que me miro desde fuera y me siento complacido conmigo mismo, una cosa que si luego alguien te preguntase por qué razón te sucede de esa manera, está claro que no hay quien sepa por qué razón te sucede así, pero también está claro que son cosas que le suceden a todo el mundo, dado que siempre y por todas partes hay todo un fluir de posturas a tu alrededor, posturas que se han visto durante veinte o treinta años un poco por aquí y otro poco por allá, y de las que uno pesca sus materiales para moldearse a su modo. Yo debo haber hecho mías, como apasionantes, todas las posturas del que anda siempre por ahí, que hacen que me sienta bien.”

(página 12)

La narración adopta en todo momento este tono confesional, divertido y reflexivo al mismo tiempo. Es como si escucharas a ese viejo amigo al que le gusta tanto hablar, y hace mucho que no os veis, y tenéis por delante unas cuantas horas en las que no tenéis nada que hacer, solamente hablar y beber, hablar y pasear, hablar y hablar. Pero él o ella es el único que habla, y tú escuchas, a veces al borde del colapso, otras veces iluminado por una imprevista ocurrencia.

“Un día, mi padre al entrar en casa me dijo que había visto un escúter tal y tal, ectcétera, etcétera, y que si me gustaba la idea, mi madre vetó de inmediato y de manera absoluta que se gastase el dinero de la familia en comprar un escúter con el cual lo más probable es que acabara matándome, y mi padre, además de decirle que prohibiéndome el escúter a los quince años, o sea, en una época en que el escúter es absolutamente fundamental, me convertía en un ser asocial y aislado de mis coetáneos, añadió que con toda seguridad era más fácil que me matase mientras me llevaba un amigo en el suyo. Además, me prestó el dinero para comprar el escúter, con la condición de que me pusiera a trabajar y se lo devolviera. Y así fue como aquel verano fui a trabajar en escúter,  y luego en la pausa del almuerzo, siempre en el escúter, me iba a comer un bocadillo al Castello di Montegibbio. Y gracias a todo aquello se palpaba en el aire una gran sensación de libertad.”

(página 107)

Porque Ugo Cornia te va a hablar de su primer trabajo a los quince años, y de su estancia en Roma a los 33, y de altos pinos, y cigarros, y chicas, y trabajos, y habitaciones, e interminables paseos en bicicleta… cosas sencillas, sin grandes dramatismos ni histerias, apenas ingenuos esbozos que terminan conformando, casi sin querer,  un auténtico elogio al arte de vivir.

Y esto es lo que hay que destacar de Ugo Cornia: su capacidad de transmitir vitalidad con un relato veraz y honesto.

Recomendable si te gusta: “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger.

No recomendable si: esperas una compleja trama, espadas, conspiraciones judeo-masónicas, amores imposibles… etc.

Emilio Lanzas

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Taller de “Literatura autobiográfica y relatos de vida”

Ver nuestra propia vida relatada puede tener un valor enorme. Lejos de cosificar nuestra historia particular, narrar nuestra vida puede permitirnos constatar que aquello que creemos atado a una realidad objetiva, no es más que parte de un relato. Y en tanto que relato es relativo: sólo puede ofrecerse desde el punto de vista del narrador. Basta con cambiar un poco ese punto de vista, para que los mismos hechos, con los mismos protagonistas, los mismos objetos, cobren un sentido y un significado enteramente distinto.

¿Dónde queda entonces esa conciencia continua y monolítica, garante de todo lo que conocemos y sabemos que llamamos “yo”? ¿Somos “puro cuento”? y ¿Es posible cambiar el cuento para transformar nuestra vida? ¿Sería posible devenir mejores personas, tener éxito, o en definitiva ser más felices simplemente contándonos a nosotros mismos una historia diferente?

Estas y muchas otras reflexiones son las que nos ha suscitado el taller de “Literatura autobiográfica y relatos de vida” impartido este fin de semana en Luces por Carmen Doncel.

Carmen Doncel es doctoranda del departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense y actualmente trabaja en su tesis doctoral: una reconstrucción de la historia reciente de los gitanos en España partiendo de narraciones orales de sus protagonistas. Su oficio le ha obligado a prestarse a oír durante horas historias particulares y a ser capaz de extraer aquello que nos concierne a todos para, a continuación, como una tejedora, urdir los mimbres de un texto que nos ayude a conocer algo mejor esa historia olvidada.

Esta tarea ha convertido a Carmen Doncel en una “escuchadora profesional”, capaz de reconstruir un discurso a partir de las intervenciones de los participantes en el taller. Esto hace de ella una docente excepcional, facilitadora de una experiencia de aprendizaje dinámica y sumamente enriquecedora.

Textos de Oliver Sacks, Carlos Castilla del Pino, Ramiro PinillaRoland Barthes, Ronald Fraser, entre otros, y ejercicios prácticos de escritura, nos han permitido renunciar a esa ficción del Yo, completo, coherente (“a imagen y semejanza…” unum verum bonum pulchrum), y asumir una subjetividad mucho más compleja, polifónica; y ser conscientes también de esas voces que conforman, moldean o asedian. Si eso no nos permite ser más libres, al menos nos obliga a estar más alerta.

Esta actividad, que todos los asistentes esperamos que se repita, forma parte del ciclo de talleres intensivos de escritura organizado por Barbara Gil, directora de la Escuela Escribe.

Cartel EscribE anuales e intensivos

Muchas gracias a las dos.

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“Del caminar sobre hielo” de Werner Herzog

Múnich-París,
del 23.11.1974 al 14.12.1974

“A finales de noviembre de 1974, un amigo de París me llamó y me dijo que Lotte Eisner estaba gravemente enferma y probablemente moriría  […] Tomé el camino más directo a París, firmemente convencido de que si iba a verla a pie, ella seguiría con vida. Además, quería estar a solas conmigo mismo”

Por entonces Herzog tenía 32 años, un hijo y cinco películas, otros tantos cortos y un documental a sus espaldas.  Vivía en Múnich, donde nació  y de donde se largó a los catorce para ver mundo, tras una infancia despojada de todo contacto con el cine o cualquier cosa que hiciera sospechar adónde llegaría el chico.

Lotte Eisner era su amiga y mentora y tenía entonces 78 años.  Había sido la primera mujer crítico en Alemania, escribiendo para el Film-Kurier antes de la llegada del nazismo, que la obligó a exiliarse a París donde vivió y trabajó como crítico y conservadora del patrimonio fílmico expresionista alemán hasta que murió en el año 83.

Así que, sí, “die Eisnerin” sobrevivió al arrechucho del 74, gracias o no a la travesía Múnich-París de Werner Herzog. Y él consiguió estar a solas consigo mismo.

Salió un 23 de noviembre con una brújula, un mapa insuficiente y dirección oeste.  Más tarde perdería la brújula y entraría en zonas que no venían ya en su mapa;  caminaría días y días bajo  la lluvia, la nieve o el granizo, buscaría refugio nocturno allanando segundas viviendas de gente de la ciudad o dormiría aterido en pajares abandonados.  Realmente ese no era el punto, aunque la maldición continua del torturador clima o las referencias al dolor terrible de pies hagan aparición a menudo en el relato.

Lo que Herzog consigue es escribir como se piensa cuando se camina. “Al caminar se le llena a uno la cabeza, el cerebro rabia”, dice, y elabora este cuaderno de viaje a trazos, en lo concreto y en lo abstracto, sólo enumerando o penetrando dentro de lo que a cada paso se le presenta. Presta su mirada a quien le lee aunque a veces desorienta al lector que anhela una línea temporal clara, que quiere saber si lo que está leyendo es verdad o mentira o sueño. Gran parte de su encanto es ese porque no fue escrito para ser leído.

Hace referencias personales, como anotaciones en una lista de la compra, y al poco te muestra desoladas aldeas, inhóspitas tabernas o espectáculos atmosféricos aterradores.  Te describe juntando un puñado de frases cómo un manzano sin hojas puede hacerte sentir el hombre más solo del mundo o cómo cuando llevas muchos días caminando hablas contigo mismo y no puedes evitar reírte como un descosido por una broma privada en mitad de la multitud de un desfile.

Habla de muchas ciudades (pueblos, aldeas) alemanas de nombre impronunciable, de la belleza del Rhin, de gente que pasaba por allí, de los que sospecharon de él y de los que lo subieron a su coche, de las cimas, los valles y de lo duro que es caminar si te duele la ingle. Eso es lo que se encuentra en este “Del caminar…”; y a un hombre extraño con extrañas ideas que camina “si no llueve, sesenta kilómetros de una vez” o nada de Nueva Zelanda a Australia (80 kilómetros) con unos refugiados que pretenden huir. ¿Será cierto?

La verdad es que Werner Herzog es un señor muy raro. Esa puede ser una conclusión.

Otra puede ser  que “Del caminar sobre hielo” debe ser leído como una colección de imágenes desoladoras o bellas, o ambas, o más cosas. Y que no es tan buena idea caminar (bajo la lluvia, sobre el hielo) alrededor de 700 kilómetros para ver a un amigo, a no ser que le salves la vida.

“Tras estos pocos kilómetros a pie sé que no estoy bien de la cabeza, la sabiduría llega a través de las plantas de los pies. A aquel a quien no le arde la lengua, le arden las plantas de los pies”.

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 “Del caminar sobre hielo” de Werner Herzog.

Editorial Gallo Nero, Colección Piccola, Septiembre de 2015.

Lorena Cabrera López

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“El Círculo”, de Dave Eggers

Internet“El Círculo” es una novela distópica, del mismo modo que lo eran “1984”, “Un mundo feliz” o “Farenheit 451”. En la distopía siempre se presenta una futura sociedad ficticia en la que el ciudadano sufre de alguna manera, perdiendo su individualidad, sometido a algún tipo de totalitarismo. En el caso de “El Círculo” esa supuesta “sociedad futura” nos resulta demasiada cercana, demasiado familiar, tanto que incluso podemos llegar a pensar que ya todos formamos parte del llamado “círculo”.

Pero no adelantemos acontecimientos.

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“El Círculo” es el nombre de una empresa tecnológica que se ocupa de unificar todos los correos, perfiles y contraseñas, en una sola cuenta. El resultado es una especie de Facebook pero a lo grande, es decir, una red social con millones de seguidores en todo el mundo con capacidad para hacer, desde ella, prácticamente todo.

En un principio la tarea de sus trabajadores se basa en recoger encuestas de satisfacción de clientes de diversos productos. Todo se puntúa, se valora, y vuelve a valorarse en la empresa, incluso el servicio que prestan dichos trabajadores. Todo se mueve en torno a porcentajes, índices, números de llamadas, de clientes… Y de amigos. Relacionarse con los demás trabajadores, participar en todas las actividades posibles, formar parte de una supuesta y gigantesca “familia” se convierte en algo imprescindible para tomar posiciones y progresar en el círculo. En esta empresa no existe separación alguna entre vida laboral y vida privada: todo está intrínsecamente unido. La filosofía de la empresa es que los secretos son mentiras, y por lo tanto todo debe saberse, y todo debe compartirse, por el bien de todos.

Observaremos con todo detalle este proceso desde los ojos de Mae, la nueva trabajadora recién llegada al campus. Desde el principio muestra una capacidad sorprendente para adaptarse al trabajo y, aunque las primeras semanas no termina de entender esta obsesión por compartirlo absolutamente todo, poco a poco irá siendo absorbida por el sistema, hasta convertirse en una de sus más firmes defensoras.

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“El Círculo” nos muestra, a través de un ágil formato de thriller corporativo, las controversias y peligros de Internet, un mundo en el que la idea de la intimidad se ha devaluado, a favor de una transparencia y una sensación de colectividad totalmente ficticios: un mundo de amigos y caritas sonrientes al que solo querrías pertenecer.

“(…)El problema es que aquí no hay opresores. Nadie te está obligando a hacer nada. Con estas cadenas se ata uno voluntariamente. Y voluntariamente te vuelves un autista social completo. Ya no captas las señales básicas de la comunicación humana. Estás sentada a una mesa con tres seres humanos que te están mirando y tratando de hablar contigo, y tú en cambio estás mirando una pantalla, buscando a un desconocido de Dubái.”

(página 240)

 Emilio Lanzas

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Lecturas que te helarán la sangre

Ni un abanico, ni un refresco, ni el aire acondicionado, ni un primo en Asturias: no hay nada mejor para combatir las altas temperaturas que la literatura.

Todos sabemos que los libros nos transportan, nos llevan a lugares remotos, nos sumergen en mundos inhóspitos, a menudo muy distintos de la realidad que nos rodea. Si esa lectura además os eriza la piel, os congela la sonrisa, u os hace tiritar, mucho mejor. Sí, no vais mal encaminados… en esta ocasión vamos a recomendar algunos libros muy frescos, recién salidos de imprenta, y otros no tan nuevos, pero igualmente escalofriantes,  que estamos seguros que os helarán la sangre.

Comenzamos con “El unicornio”, de Iris Murdoch, editado por la siempre recomendabilísima editorial Impedimenta. En sus páginas encontramos todos los elementos característicos de la novela gótica: un castillo (en la fría Escocia) con cementerio familiar propio, al borde de un pronunciado acantilado, un mar furioso, una familia fascinante que esconde terribles secretos, así como la presencia, siempre volátil, de lo sobrenatural, rozando a todos los personajes. Se trata de una lectura llena de hermosos aunque desolados páramos que nos sumergirá de lleno en las mismas sombras que frecuentaron autores como Edgar Allan Poe, Mary Shelley, William Hope Hodgson o Ambrose Bierce.

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Cambiamos de latitud y hablamos de una nueva autora que está actualmente preparando su segundo libro que será, precisamente, también de carácter gótico: hablamos de  Paula Hawkins“La chica del tren”. Es, sin duda, la gran sorpresa literaria de este año: el primer libro de una autora desconocida se encarama a las primeros puestos de las listas de ventas una semana sí y otra también. ¿El motivo? Una narración de suspense al más viejo estilo Agatha Christie, una ambientación propia de una película de Hitchcock y, para qué negarlo, una campaña masiva de marketing. ¿Estamos ante un nuevo bluff o es un libro recomendable para leer este verano? Pues, sin tener muchas expectativas, ha resultado ser una lectura ideal para el verano: el libro es adictivo, se lee de un tirón, y probablemente hasta termines viendo la película cuando se estrene.

En definitiva: léela antes de que te la cuenten.

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De la siguiente novela también se está preparando adaptación cinematográfica. De hecho cuenta la leyenda que antes incluso de publicarse ya se estaba buscando productor para “Ready Player One”.  Al final será será el mismísimo Steven Spielberg el que la dirija, y no le resultará demasiado difícil por lo menos la adaptación, ya que la novela en sí es casi un guión de cine, entendiendo esto no como algo peyorativo, sino al contrario: la acción te atrapa desde la primera página y no pierde el ritmo en ningún momento.

Pero antes de nada, la portada, que nos da la clave para hablar de este libro.

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Sí, en efecto, los videojuegos tienen un papel importante en la narración. De hecho, el videojuego es el libro. Porque estamos ante un libro de ciencia-ficción pero, a la vez, la sensación de familiaridad no nos abandona durante su lectura. Imágenes de películas ochentosas como “Los Goonies” o “Regreso al futuro” acuden a nuestra mente hasta que la propia película aparece en la narración. Después vemos la foto del autor, Ernest Cline, en la solapa, encima de su coche, un Delorean, y todo encaja.

Si no sabes lo que es un Delorean, quizás esta novela no sea para ti. Si sabes de lo que hablo, y además sabes lo que es un Arcade, disfrutarás como un niño con “Ready Player One”.

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Lo que viene este verano

En los próximos meses de Julio y Agosto recibiremos entre otras novedades tres títulos que van a hacer las delicias de muchos sólo con la expectativa de tenerlos entre las manos.

El 16 de este mes llega el nuevo libro de E.L. James, autora de la más que popular serie “Cincuenta Sombras”, y esta vez será el propio Christian Grey el que nos cuente su historia. “Grey” permitirá a las seguidoras de la saga conocer mejor a ese personaje que ha enamorado ya a más de 125 millones de personas desde su salida a la venta en 2011.

También recibiremos la novela de Harper Lee “Ve y pon un centinela”, que sale a la venta el 15 de Julio envuelta en la polémica cuando la autora cuenta ya con casi 90 años de edad. El libro, que fue escrito antes de “Matar a un ruiseñor”, uno de los clásicos modernos más importantes de la literatura norteamericana, nos cuenta la historia de Scout veinte años después. Parece que el clásico y celebérrimo “Matar a un ruiseñor” fue en principio un derivado de esta novela anterior, escrita por consejo de su editor Tay Hohoff.  La polémica surgió al descubrirse que la novela había sido reencontrada en 2011 y que sólo llegaba a publicarse tras el fallecimiento de la hermana de la autora, Alice Lee, que al parecer se negaba a la publicación del manuscrito. Sabremos si tenía razones para ello a partir del 15 de este mes.

Desde otra parte del mundo nos llega la cuarta entrega de la serie “Millennium”, la famosa trilogía de Stieg Larsson, a cargo esta vez de David Lagercrantz, escritor y periodista sueco autor de varias novelas y libros de no ficción. El reto es importante ya que la popularidad de la serie de Larsson no ha alcanzado aún parangón en el género y la muerte del creador dejó a sus lectores huérfanos de las historias de sus carismáticos personajes Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist. El tiempo transcurrido y la ingente cantidad de novelas criminales suecas que han seguido la estela de Larsson han podido generar unas expectativas en los fans de la serie difíciles de satisfacer. Lo podremos comprobar a partir del 27 de Agosto.

proximos lanzamientos

 

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