“Sobre Shunkin” de Tanizaki Junichiro

No puede uno dejar de sentir cierta dosis de pudor al escribir sobre un libro como éste. Intentar describirlo con las propias palabras es como empeñarse en mostrar la belleza de una seda de finos estampados, con unas manos torpes y sucias que van manchando y arruinando el material a medida que lo despliegan.
Decía el premio Nobel Kawabata Yasunari:
 
Sobre Shunkin es una obra maestra imposible de describir con palabras y ante la cual solo podemos dejar escapar suspiros de admiración.”
Con la intención de animar a la necesaria lectura de este magnífico libro, en especial a quienes sienten alguna atracción o interés por la cultura japonesa, únicamente me atrevo a compartir algunas de las reflexiones que lectura me ha suscitado.
Uno de los más populares y reconocidos emblemas de la belleza en Japón es su flor predilecta: la Sakura, la flor del cerezo. La espléndida floración de esta frágil flor se percibe como una metáfora de la vida misma: maravillosa y efímera. Quizás, las constantes inclemencias de la naturaleza en aquellas islas, asoladas tan a menudo por tifones, terremotos y tsunamis, hayan acentuado esa percepción de la propia fragilidad que ha quedado impresa en su visión del mundo y la Naturaleza en su forma dual: terrible y maravillosa.
Es así que, tanto en las manifestaciones artísticas como en las cotidianas búsquedas del placer estético, se procura la expresión de esta compleja belleza en la que la sombra es constitutiva de la luz, el dolor del goce, como la mortalidad lo es de la vida. Como dice el propio Tanizaki, el artista “(…) por mucho que su talento fuera natural, no habiendo conocido la dureza y la amargura de la vida, sería difícil que consiguiera comprender la esencia del arte.” Nos equivocaríamos, sin embargo, si creyéramos que hay escisión en esta concepción del arte. Al contrario, el arte japonés persigue la armonía en el claroscuro integrador, legado del budismo. En Sobre Shunkin resulta sobrecogedora la exquisita sutileza del texto que fluye como “el murmullo de un torrente montañoso” en contraste con el tremendo dramatismo de su fuerza argumental.
Detalle del monumento a Shunkin en el distrito Doshomachi de Osaka.
Leer Sobre Shunkin es como contemplar un karesansui con sus pequeños campos de grava blanca en los que se colocan cuidadosamente rocas oscuras: el ideal estético Yohaku no bi, la belleza está en el espacio vacío. Porque en Sobre Shunkin es tan importante lo que se dice como lo que se calla, y son los silencios los que intensifican esa tensión dramática que no deja de crecer hasta el desenlace.
 Decía Aristóteles en la Ética a Nicómaco que “La forma del placer es perfecta en todo momento” y añadía que el placer, a diferencia del movimiento, no se despliega en un espacio de tiempo, es más bien “algo entero y completo en cada instante”. El tiempo de la lectura de Sobre Shunkin, siguiendo en términos de la Grecia clásica, no tiene lugar en el kronos, sino en el kairós: no es una sucesión sino una oportunidad. El tiempo parece haberse detenido y uno consigue experimentar ese placer sublimado por la calamidad, un disfrute necesariamente efímero que deseamos vivir intensamente hasta el más mínimo detalle. Porque conocemos que inevitablemente el fin se acerca, a medida que pasamos las páginas de Sobre Shunkin.
 

Federico Lang

 
 
Sobre Shunkin de Tanizaki Junichiro
Ed. Satori

Ficha del libro

 

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“Roma”, de Ugo Cornia

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En Roma no encontraremos estampas bucólicas del barrio del Trastevere. Dicho esto, aclarar que tampoco veremos, ni por asomo, la sombra de un fiero gladiador, ni el gesto amenazante de un mafioso vestido de Armani, ni mucho menos un piloto de Ferrari rodeado de guapas modelos.

Roma trata de Cornia, un post-adolescente que, a finales de los años 90,  cambia su Módena natal (hablamos de provincias) por la caótica capital de Italia, en busca del primer atisbo de trabajo serio y continuado (a los 33 años…).

Pero los recorridos que Ugo nos propone no son tanto turísticos-ambientales como interiores… más bien epidérmicos.  Ya en Roma Cornia  acepta a regañadientes el pacto que le ofrece la llamada “vida adulta”,  pero sigue optando por perder el tiempo todo lo posible callejeando sin rumbo, fumando sin parar, buscando atardeceres y sonrisas anónimas de chicas guapas en el autobús. De este modo nos revela sus desvelos y alegrías con una inocencia y vitalidad que desarma en algunos momentos… y puede llegar a irritar ligeramente en otros.

Un ejemplo:

 “(…) y le decía asimismo que, pese a ser una cosa de nada, beber un café en la oscuridad, de noche, en las estaciones de autoservicio de Aglio o de Roncobilaccio, empezando por las posturas que te da por poner, para mí siempre ha sido algo bonito de verdad, porque primero pago mi ticket, pero luego, mientras me apoyo en el mostrador del autoservicio siento como si asumiera una postura admirable, con el codo apoyado en el mostrador mientras remuevo la taza de café, que debe de ser una postura física que a lo mejor he admirado sin saberlo siquiera durante la formación de mi carácter, pero mientras asumo la postura de bebedor de café del autoservicio, justo en ese mismo instante, asumo también toda una dimensión de placer, vaga pero típica, en la que me miro desde fuera y me siento complacido conmigo mismo, una cosa que si luego alguien te preguntase por qué razón te sucede de esa manera, está claro que no hay quien sepa por qué razón te sucede así, pero también está claro que son cosas que le suceden a todo el mundo, dado que siempre y por todas partes hay todo un fluir de posturas a tu alrededor, posturas que se han visto durante veinte o treinta años un poco por aquí y otro poco por allá, y de las que uno pesca sus materiales para moldearse a su modo. Yo debo haber hecho mías, como apasionantes, todas las posturas del que anda siempre por ahí, que hacen que me sienta bien.”

(página 12)

La narración adopta en todo momento este tono confesional, divertido y reflexivo al mismo tiempo. Es como si escucharas a ese viejo amigo al que le gusta tanto hablar, y hace mucho que no os veis, y tenéis por delante unas cuantas horas en las que no tenéis nada que hacer, solamente hablar y beber, hablar y pasear, hablar y hablar. Pero él o ella es el único que habla, y tú escuchas, a veces al borde del colapso, otras veces iluminado por una imprevista ocurrencia.

“Un día, mi padre al entrar en casa me dijo que había visto un escúter tal y tal, ectcétera, etcétera, y que si me gustaba la idea, mi madre vetó de inmediato y de manera absoluta que se gastase el dinero de la familia en comprar un escúter con el cual lo más probable es que acabara matándome, y mi padre, además de decirle que prohibiéndome el escúter a los quince años, o sea, en una época en que el escúter es absolutamente fundamental, me convertía en un ser asocial y aislado de mis coetáneos, añadió que con toda seguridad era más fácil que me matase mientras me llevaba un amigo en el suyo. Además, me prestó el dinero para comprar el escúter, con la condición de que me pusiera a trabajar y se lo devolviera. Y así fue como aquel verano fui a trabajar en escúter,  y luego en la pausa del almuerzo, siempre en el escúter, me iba a comer un bocadillo al Castello di Montegibbio. Y gracias a todo aquello se palpaba en el aire una gran sensación de libertad.”

(página 107)

Porque Ugo Cornia te va a hablar de su primer trabajo a los quince años, y de su estancia en Roma a los 33, y de altos pinos, y cigarros, y chicas, y trabajos, y habitaciones, e interminables paseos en bicicleta… cosas sencillas, sin grandes dramatismos ni histerias, apenas ingenuos esbozos que terminan conformando, casi sin querer,  un auténtico elogio al arte de vivir.

Y esto es lo que hay que destacar de Ugo Cornia: su capacidad de transmitir vitalidad con un relato veraz y honesto.

Recomendable si te gusta: “El guardián entre el centeno”, de J. D. Salinger.

No recomendable si: esperas una compleja trama, espadas, conspiraciones judeo-masónicas, amores imposibles… etc.

Emilio Lanzas

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